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viernes, 11 de enero de 2013

La hora muerta.


Las tres es mala hora para el negocio. Mi única clienta leía, sin mover un músculo excepto para pasar las páginas y lanzar algún vistazo a la ventana. Por lo demás, la única acción en la cafetería debía desencadenarse a lo largo de las páginas de su libro. 

Su café era lo único que íbamos a cobrar antes de las cuatro pero aún así, me molestaba verla ahí ocupando mesa con su vaso dejado de lado. ¿Esperaba a alguien? Nadie venía. ¿Quién vendría? Yo desde luego no hubiera querido acudir a una cita con una mujer como ella. No era por su aspecto: fealdad no estaba entre sus cualidades. Era más bien la falta emoción en su rostro. O quizás realmente era una falta de cualidades. Me daba escalofríos; como si tuviera demasiado cerca un ángel de muerte.

Se abrió la puerta y entró mi compañera para empezar su turno. Saludó, pasó al baño a cambiarse y volvió unos minutos después. Aproveché la nueva presencia humana. –Pregúntala si quiere tomar algo más.

Mi compañera parpadeó y echó una ojeada por el bar. Yo pasaba un trapo por la barra, moviendo la suciedad de un lado a otro. Al notar que no hacía nada, añadí;  –La chica. En la ventana. Con el libro.

–¿Qué chica?

Miré para señalarla. No había ni chica, ni libro, ni vaso. Sólo un chirrido de frenos, un choque, y gritos en la calle.

martes, 6 de noviembre de 2012

Alizarin Crimson


Mum would have been the best mum in the world had it not been for the bodies. She had one of those permanently laughing faces: white freckled skin with healthy, happy, rosy cheeks, vacant yet twinkling blue eyes that laughed when her mouth got too tired from the muscular strain of smiling. But she didn’t just look benevolent. She put up with shit no other parent could ever have dealt with so patiently. Constantly failed exams were just the starter course, closely pursued by less than typical teenage pranks.

She was an active woman: I don’t remember ever seeing her sitting down at home. The smell of cookies and oil paints impregnated the air in every room, every minute of every day. Even that time I had gastroenteritis, after crapping my arse raw, the bathroom still smelled of chocolate, cinnamon and alizarin crimson.

Between batches of cookies, she painted poppy fields. Standing up, of course. Her wide eyes guzzling up colours and spraying them on the canvas, swiftly followed by the brush. Bright red standing out like bloodstains on green and blue.

Until the police came. She let them in with a smile, offered them tea and put a dozen freshly baked cookies on one of her hand-painted plates. They refused all. Read her her rights. Cuffed her. Marched her out into the street. Roughly pushed her into the car parked outside. They weren’t smiling. They looked relieved and angry at the same time.

I can see her in my mind, in the interrogation room, where good cop stares at her, unbelieving. Bad cop scowls, frowns and growls at her, laying out close-up photographs in groups according to name of victim. “This,” the detective shudders as he lays out 5 pictures, “was J. K. S.” Another group of 6 pictures are placed on the table as part of the A. D. G. jigsaw. And so on, until the pictures of 11 dismembered bodies lie on the table. She smiles as she looks at each and every one, sliding the odd one to a different group of pictures, reorganizing them, beaming pitifully at the one asking the questions. “Doesn’t this foot goes with that other leg?”

They called it an “open and shut case”.

Another body turned up a few days ago and the newspapers have gone ballistic.

Today, Mother’s day, I thought I would send her a pressed poppy.

Carmesí Alizarina


Mamá hubiera sido la mejor mamá del mundo, si no hubiera sido por los cuerpos. Tenía una de esas caras permanentemente risueñas: tez blanca pecosa, mofletes saludablemente felices y rojizos, y ojos vacantes, mas brillantes, que se reían cuando su boca se cansaba del esfuerzo muscular de sonreír. Pero no sólo era de semblante benevolente. Aguantó una cantidad de mierda que ningún otro padre podía haber tolerado con tanta paciencia. Exámenes constantemente suspensos siendo sólo el primer plato, seguido apresuradamente por otras faenas adolescentes algo menos corrientes.

Era activa: no recuerdo jamás haberla visto sentada en casa. El olor de las galletas y óleos impregnaban el aire en cada habitación, cada minuto de cada día. Incluso esa vez que tuve gastroenteritis, tras cagarme pata abajo incluso las entrañas, el cuarto de baño olía a chocolate, canela y carmesí alizarina.

De tanda en tanda, pintaba campos de amapolas. De pies, claro. Sus enormes ojos engullendo colores y rociando el lienzo, acompañados seguidamente del pincel. Rojo sangre salpicándose sobre un fondo verde y azul.

Hasta que llegó la policía. Les dejó pasar con una sonrisa, les ofreció té y puso una docena de galletas recién sacadas del horno en uno de los platos que había pintado a mano. Rechazaron todo. Le leyeron sus derechos. La esposaron. La sacaron a la calle. La empujaron bruscamente al coche aparcado fuera. No sonreían. Parecían aliviados a la vez de enfadados.

Puedo verla en mi mente, en la sala de interrogación, donde Poli Bueno la mira, incrédulo. Poli Malo frunce y gruñe, colocando primeros planos en grupos según nombre de víctima. –Éste, –el detective dice con escalofríos según dispone cinco fotografías– era J. K. S. Otra agrupación de seis fotos forman parte del puzzle denominado A. D. G. Y así sucesivamente, hasta que yacen once cuerpos desmembrados a cachos fotografiados sobre la mesa. Ella sonríe y mira cada uno, en ocasiones deslizando una imagen de un grupo a otro, radiando el interrogador con su sonrisa. –No va este pie con esa otra pierna?

Lo llamaron “un caso claro”.

Otro cuerpo apareció hace unos días y los periódicos se han vuelto locos.

Hoy, Día de la Madre, he pensado en enviarle una amapola prensada.