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viernes, 11 de enero de 2013

La hora muerta.


Las tres es mala hora para el negocio. Mi única clienta leía, sin mover un músculo excepto para pasar las páginas y lanzar algún vistazo a la ventana. Por lo demás, la única acción en la cafetería debía desencadenarse a lo largo de las páginas de su libro. 

Su café era lo único que íbamos a cobrar antes de las cuatro pero aún así, me molestaba verla ahí ocupando mesa con su vaso dejado de lado. ¿Esperaba a alguien? Nadie venía. ¿Quién vendría? Yo desde luego no hubiera querido acudir a una cita con una mujer como ella. No era por su aspecto: fealdad no estaba entre sus cualidades. Era más bien la falta emoción en su rostro. O quizás realmente era una falta de cualidades. Me daba escalofríos; como si tuviera demasiado cerca un ángel de muerte.

Se abrió la puerta y entró mi compañera para empezar su turno. Saludó, pasó al baño a cambiarse y volvió unos minutos después. Aproveché la nueva presencia humana. –Pregúntala si quiere tomar algo más.

Mi compañera parpadeó y echó una ojeada por el bar. Yo pasaba un trapo por la barra, moviendo la suciedad de un lado a otro. Al notar que no hacía nada, añadí;  –La chica. En la ventana. Con el libro.

–¿Qué chica?

Miré para señalarla. No había ni chica, ni libro, ni vaso. Sólo un chirrido de frenos, un choque, y gritos en la calle.

domingo, 25 de noviembre de 2012

Goodbye Girl (Español)

En el autobús.
Es una sensación extraña, perdida por la rendija entre la nostalgia y el pavor. Estas colinas exuberantes que ondulan a la vera de la autovía, los robles y abedules de invierno --esqueléticos pero a la vez acogedores--... todos forman parte de una añoranza que agoniza en mis entrañas. Inglaterra, con sus belleza verde y roncos grises es ahora un país de adioses permanentes.

En palabras de Craig Colby Ewert, “no ha marchado del todo mientras que una persona recuerde su nombre”.

Flor de luto.
El sol forzó entrada por la fina grieta entre las cortinas, gateando por mi cuerpo y suavemente abriendo mis ojos con su calidez amante. Le empujé a un lado con odio. Enterrando mi cabeza entre las almohadas esperaba regresar a ese bello olvido vacío que me había rescatado del día anterior. Las memorias pululaban como sabandijas.

No quedaba otra cosa que levantarse.

Días como éstos, tratas de no levantarte demasiado pronto, pero independientemente de cuánto dormites por la mañana, te enfrentas a horas interminables de sentarse, levantarse, manos en los bolsillos, deambulando sin rumbo de un cuarto a otro, echando un vistazo a cada reloj que encuentres, intentando mirar la hora sin que nadie más lo note.

No hay nada que decir.

La verdad, sigue sin haber nada que decir.

El sol intentaba desesperadamente traer esperanza a un rincón oscuro de nuestras vidas. Manaba con fuerza por cada orificio posible. Rodeó con sus cálidos rayos los dos niños silenciosos, el marido vacío.

Donde se alza imperiosa la chimenea, alrededor hay cientos de jardines. Antes de volver al coche, con mi primo paseaba entre los rosales. En uno de los jardines había un estanco cuya agua está cubierta de hojas de loto. En su centro, sola y desamparada, una flor. Una flor de luto.

“Sueños de verano desvaneciéndose…”
Los Jimmy Choos. El Iphone rosa. El bolso rosa. La sonrisa llena de dientes que deletreaban la “a” en “patata”. La risa fuerte. El incesante cotorreo por teléfono. El cantar sin parar, sobretodo canciones de Grease, o algún show para el que estuvieran ensayando mis primos. La palabra “fabuloso!” que nadie sabe decir igual. La cantidad de comida de navidad que podía hacer desaparecer, como por arte de magia. Los hipopótamos. Y más hipopótamos. Y, sí, MÁS hipopótamos. En todas partes, más antes del nacimiento de mi primo, hipopótamos por todas partes. En una ocasión conté más de 150, y al parecer había más en el ático esperando un nuevo hogar.

Era una persona comprensiva, de gran apoyo. Era divertida. Feliz. Una persona que me enseñó a aprovechar cada oportunidad al máximo. La persona que me enseñó el lado bueno de la vida mejor que nadie. Ahora que se ha ido (demasiado joven), aún puedo ver un lado bueno. Ella no sufrió. Ella no se deterioró, observando en vano como su cuerpo era degradado por enfermedad y edad. Ella no eligió, y no hubiera elegido, morir ese día. Pero se fue mientras dormía. Mucha gente daría todo cuanto estuviera en su poder de dar por marcharse en paz como hizo ella. Saber esto hace que sea soportable. No es menos triste. Pero resulta un poco menos injusto.

Te echaré, y te echo, de menos.

martes, 13 de noviembre de 2012

Reflexión para este martes 13.


Empieza Martes 13. Me llevan avisando desde primeros de mes: “será martes”….me miran con esperanza de que les arranque las palabras de la boca. Pero no caía. “Y trece!” Y en ese momento debería haber un trueno, una bomba de humo, una carcajada maligna. Pero no. Sólo mis cejas levemente más arqueadas de lo normal preguntan “¿Por qué piensas que será distinto de cualquier otro martes?”

Y ahora acabo de recordar que cada martes es único. Y cada lunes. Y cada miércoles. Sea 13 ó 23 o el número mágico entero entre 1 y 31 que desees. Todos son irreemplazables, irrepetibles. Ésa es la magia verdadera de la cuestión. Hoy sucederán cosas que no sucederán nunca más y que no han sucedido nunca antes. Es emocionante, sin ser increíble. Ahí he la belleza absurdamente simple de esta magia diaria que ignoramos o damos por hecho. Cada día es una aventura. Si quieres. Claro, que si no quieres, pues habrá que temer el cambio.

Hace años, un martes 13, mi profesor de hípica (sí, soy repelente, lo sé) “para putear” nos mandó bajarnos de los caballos soltando las riendas, confiando en las bestias, y dando una voltereta. Yo recuerdo tener miedo de que el caballo se espantara y me matara de la caída. Hice la voltereta. Durante años creí que no había pasado nada. Pero la serena quietud del caballo fue parte de un pequeño milagro para mí. Me quitó el miedo al experimento.

Voy a dormir. Y después, bajaré a ese laboratorio que es el mundo.

martes, 6 de noviembre de 2012

Carmesí Alizarina


Mamá hubiera sido la mejor mamá del mundo, si no hubiera sido por los cuerpos. Tenía una de esas caras permanentemente risueñas: tez blanca pecosa, mofletes saludablemente felices y rojizos, y ojos vacantes, mas brillantes, que se reían cuando su boca se cansaba del esfuerzo muscular de sonreír. Pero no sólo era de semblante benevolente. Aguantó una cantidad de mierda que ningún otro padre podía haber tolerado con tanta paciencia. Exámenes constantemente suspensos siendo sólo el primer plato, seguido apresuradamente por otras faenas adolescentes algo menos corrientes.

Era activa: no recuerdo jamás haberla visto sentada en casa. El olor de las galletas y óleos impregnaban el aire en cada habitación, cada minuto de cada día. Incluso esa vez que tuve gastroenteritis, tras cagarme pata abajo incluso las entrañas, el cuarto de baño olía a chocolate, canela y carmesí alizarina.

De tanda en tanda, pintaba campos de amapolas. De pies, claro. Sus enormes ojos engullendo colores y rociando el lienzo, acompañados seguidamente del pincel. Rojo sangre salpicándose sobre un fondo verde y azul.

Hasta que llegó la policía. Les dejó pasar con una sonrisa, les ofreció té y puso una docena de galletas recién sacadas del horno en uno de los platos que había pintado a mano. Rechazaron todo. Le leyeron sus derechos. La esposaron. La sacaron a la calle. La empujaron bruscamente al coche aparcado fuera. No sonreían. Parecían aliviados a la vez de enfadados.

Puedo verla en mi mente, en la sala de interrogación, donde Poli Bueno la mira, incrédulo. Poli Malo frunce y gruñe, colocando primeros planos en grupos según nombre de víctima. –Éste, –el detective dice con escalofríos según dispone cinco fotografías– era J. K. S. Otra agrupación de seis fotos forman parte del puzzle denominado A. D. G. Y así sucesivamente, hasta que yacen once cuerpos desmembrados a cachos fotografiados sobre la mesa. Ella sonríe y mira cada uno, en ocasiones deslizando una imagen de un grupo a otro, radiando el interrogador con su sonrisa. –No va este pie con esa otra pierna?

Lo llamaron “un caso claro”.

Otro cuerpo apareció hace unos días y los periódicos se han vuelto locos.

Hoy, Día de la Madre, he pensado en enviarle una amapola prensada.